La música es un milagro


La Novena Sinfonía de Ludwig van Beethoven, en manos de Paavo Järvi y la Deutsche Kammerphilharmonie de Bremen, acaba de pasar por mis oídos y me ha dejado con algo de coraje para responder a las ideas del economista Rolf Lüders desde mis aires de humanista. Por cierto, digo "con algo de coraje", porque el gran Beethoven inunda con una profunda humildad ante la existencia cada vez que se le oye. Seré breve, en primer lugar porque dos hidalgos ya se han dado el tiempo de responder al 'Chicago Boy' en sus propios términos, y segundo, porque aún con todo ello, creo que la respuesta es aún más corta y lógica.


En resumen, y cito, el ex Ministro de Hacienda, Rolf Lüders propone entender las artes y la cultura como "bienes cuya producción y consumo se pueden explicar por los instrumentos estándar de la oferta y demanda, sin prejuicio de tomar en cuenta las peculiaridades de cada una de estas actividades" (dicho este mismo año a la Revista Universitaria UC). Además, sugiere que el Estado debería subsidiar a las ciencias, mientras que los bienes culturales y las artes, en cuanto a su producción y distribución, debería realizarse bajo el modelo de mercado.


Como he dicho, no quiero expandirme, sino hacer un tackle con toda violencia. Después de todo, tengo el permiso del genio de Bonn. Pues bien, la lógica del Sr. Lüders es entender a las ciencias como algo que no es capaz de sostenerse únicamente en función de lo que produce; en función de su utilidad. Parece entender que la ciencia es 'conocimiento por conocimiento', y que así ha sido entendida filosóficamente, aún cuando las necesidades del hombre la han querido convertir en una 'productora de soluciones'. Así fue con Galileo, al igual que con las grandes potencias durante las Guerras Mundiales y así mismo con las vacunas contra el Coronavirus. La concepción de 'ciencia' se ha mezclado con las técnicas (téchnē) y por tanto ciencia es igual a tecnología, a ingeniería, a producto, y a lo que sea capricho de quien quiera verse beneficiado de este "conocer por conocer". Y repito, el Sr. Lüders parece estar al tanto de esta diferencia. Entonces, ¿por qué desconoce que las bellas artes son el 'arte por el arte'?. Y voy más allá. ¿No es el 'arte por el arte' lo mismo que el 'conocimiento por el conocimiento'?. Después de todo, no existe arte que realmente quiera (o pueda) decir lo que pretende decir. Siempre hay algo más adentro. Si el arte dice exactamente lo que pretende decir, se transforma en propaganda; en discurso. Aún el arte más diáfano -si queremos llamarlo arte- se le puede escarbar hasta encontrar algún néctar. A eso le llamamos "profundidad".


Del arte emana un conocimiento aún más puro, bajo sus propias normas, pues no obedece a las leyes físicas por las cuales se manifiesta y toma forma, sino a través del intelecto, seducido primeramente por los sentidos.


Seguramente el Sr. Lüders desconoce que, entre las artes, existen aquellas denominadas 'bellas artes', además de las artes aficionadas y -a las que él seguramente refiere de manera indirecta- las artes comerciales. Aún con todo ello, las artes comerciales no dejan de ser arte, aún cuando algunas ya no debiesen considerarse artes, lo que es otro tema por completo. De todas formas, quiero extender una rama de olivo para el señor Lüders y comprender que su limitación -como observan López e Izquierdo en su columna- es la misma limitación que hace pensar que más arriba de la constitución jurídica de una nación no existe nada, cuando muy por el contrario, como dice Kelsen, existe una constitución espiritual que gobierna por sobre todo. Ya lo sabía Beethoven, que en su novena sinfonía le canta a algo superior al ser humano, aún cuando 'esos tonos' y esos llamados fraternales son puramente humanos. Beethoven (y por supuesto, Schiller) reconoce que aún el más grande humanista debe permanecer agnóstico ante una mayor grandeza. "Brüder, über'm SternenzeltMuss ein lieber Vater wohnen" - Hermanos, sobre la bóveda estrellada debe habitar un Padre amoroso.


De todas formas, el Sr. Lüders no me preocupa de sobremanera. Su lógica es un blanco fácil. Lo realmente preocupante es que un argumento malo sigue siendo un argumento, por tanto puede invadir a tantos otros hasta convertirse en una -aunque una de tantas- verdad poderosa. Entonces, ahora le hablo a todos esos otros Lüders:


La música, de entre las artes la que más aprecio (sírvase a hacer las analogías necesarias), no es un derecho humano como se pregona ya casi de manera humillante. La música, damas y caballeros, es un milagro.

Haga usted el ejercicio de imaginar a la Deutsche Kammerphilharmonie de Bremen y su coro (o a la orquesta y el coro que usted quiera). Visualice esas más de cien almas dominando a la perfección sus cuerpos. Imagine usted a los instrumentistas dominando la madera y el metal, los cueros, y todo utensilio imaginable que ni siquiera es parte de sus cuerpos. Habite un segundo la mente de uno de ellos, con la mente aguda intentando ser un engranaje más de un gran organismo sinfónico, funcionando en perfecta sincronía, operando máquinas que por sí solas son inútiles, dando vida a algo inefable, tan diluido que sólo puede escribirse mediante signos ya de por sí imprecisos. Igual de impreciso que la poesía que sostiene el coro, que quién sabe qué significa para cada uno de ellos o para el público. Imagine que cada uno de ellos dedicó su vida para ofrendarla a la idea de alguien más, alguien que ni siquiera está presente, ¡alguien que ni siquiera pudo escuchar lo que escribió!.


Como dice Aaron Copland, lo primero en la música es el plano sensual, aquello que tiene el sonido mismo que nos atrapa. Si aquello fuese lo único que tiene la música, ya de por sí milagroso y misterioso a partes iguales, sería suficiente. Pero no, la música -ahora sí me expando- y las artes son milagrosas, pues no están en ningún plano del ser humano mundano y a la vez está en todos los planos de la existencia. Algo que consideramos un derecho es algo que podemos definir (comida, techo, educación, salud), pero con el arte llevamos siglos discutiendo qué es y por qué existe (llevamos, de hecho, todo el tiempo desde que se nos ocurrió preguntarnos qué era "aquello"). Un milagro es algo que no tiene explicación. La música, musa entre las musas, queda grande hasta para Pitágoras, pues se rebela ante sus leyes y, aún siendo números, medidas, fracciones y ondulaciones, tiene un efecto que ni un número ni una fracción puede tener.


Para los Lüders del mundo, quienes buscan respuestas concretas, las artes no son algo hermoso, sino algo aterrador. Las artes tienen esa extraña forma de construir mentes heurísticas, porque de ellas no hay nada que repetir, nada que memorizar. Son un puzzle que se expande mientras lo armas. Parece inútil en principio, pero ese puzzle te ha dado la pista para entender otros puzzles, partiendo por el espiritual, luego el intelectual y luego -lo que temen los dictadores- el puzzle de los mecanismos del poder. El arte tiene la llave para cerrar la dialéctica Hegeliana del poder. Una vez que el amo ya no puede sostener la narrativa por la cual el esclavo reconoce su condición de esclavo, el poder se desmorona.


No quiero ser yo quien diga qué importancia tienen las artes si no son algo que debamos considerar un derecho, más bien quiero dejar la pregunta abierta: ¿Qué hacemos si tenemos un milagro en frente?, ¿lo desconocemos o damos todo lo que tenemos para preservarlo?.







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