EL ARTE NO DURA HASTA EL DÍA SIGUIENTE


Para Phil (Bill Murray), todos los días son iguales en el pueblo de Punxsutawney. Cada mañana despierta al son de "I Got You Babe" de Sonny & Cher, desayuna en el Cherry Tree Inn y atraviesa los mismos acontecimientos que el día anterior, y el anterior a ese, sólo para que el mal clima le impida salir del pueblo por la noche y debe comenzar todo de nuevo a la mañana siguiente. Seis a.m..


El confinamiento en esta pandemia global no es muy diferente. Si no es por esos pequeños esfuerzos en cambiar la rutina: "quizás hoy no habrá té, sólo café"; "a ver si mañana los tomates los corto en cubitos y no en rodajas". Sí, tengo pendientes, al igual que el resto. También tengo ese constante mosquito de la productividad molestando y zumbando más fuerte, paradójicamente, cuando ya estoy siendo productivo. Navego las redes, a ver en qué está el mundo, y veo cientos de conciertos on-line, cientos de artistas haciendo shows privados en sus casas, y no sé por dónde empezar a ver. Ni siquiera sé si quiero verles. Mientras escribo, la New York Philharmonic estrena un concierto con Alec Baldwin en pijamas, desde su habitación, como host. ¿Es en serio?.


Al principio me pareció notable. Cada uno aprendiendo a usar la tecnología, ¡qué bien!. Yo también comencé a grabarme, a editar más, a rescatar antiguos trabajos y ver qué se podía hacer con ellos. Sin embargo, comencé a notar un patrón compulsivo en mí y en todos los demás. Lo peor, comencé a notar una manía por producir, por crear, pero dejé de ver creación, de esa que toma tiempo porque es como una gestación, con todo un plan e ilusiones detrás. Pareciera que en este momento la creación no es más que una instrucción en un post-it: "De 9 a 11 am, subir dos vídeos conmigo mismo y cuatro podcasts". Posiblemente mi obsesión personal es una mezcla entre evitar escribir mi tesis de grado y sentirme menos culpable por no estar trabajando todo el día (algo que es parte de mi normalidad), pero sin dudas no soy el único que está lidiando con ello.


No me mal entienda, no quiero hacer un llamado dramático a "normalizar" el no hacer nada durante la cuarentena. Francamente no me interesa lo que otros hagan (o al menos ese es un principio de libertad individual que intento seguir), pero sí quiero plantear un problema de fondo, a través de una pregunta: ¿Por qué estamos, repentinamente, obsesionados con crear algo cada día?. En principio, estamos saturando el espacio de contenido fugaz, del cual mañana nadie se va a acordar, pues estará tapado por un par de toneladas de nueva información (doble guiño, a la película "El Día de la Marmota" y a que lea mi columna anterior sobre Marketing Cultural). Segundo, ¡todo es igual!, y no hablo sólo de los cientos de orquestas que hicieron la Novena de Beethoven a multi-cámara, sino de todo lo demás, del formato, del escenario... ¡Es todo un espejo de mi casa!, ¡He abierto el computador para "salir" de mi casa, no para volver a entrar!. Tercero, y esto va con todo el amor y respeto del mundo, pero pareciera que estamos siendo los payasos de la cuarentena. El contenido es, en gran parte, un show de talentos, de minuto o minuto y medio, para enganchar con algún malabar musical e intentar que ese pulgar, otrora usado para juzgar al gladiador derrotado, no sea usado para deslizar la pantalla hacia el siguiente post, dejándonos en el más binario oblivion.


Lógicamente, hay un montón de aspectos positivos en todo esto. Estamos aprendiendo, de pronto, a utilizar una cámara, a hablarle a ella, a grabar correctamente, a editar, a entender cómo, cuándo y dónde subir contenido. Todo es maravilloso, pero ¿soy el único que comienza a agobiarse con tanta productividad?. Es más, ¿soy el único que, de pronto, prefiere aquel arte pre-pandemia?. No lo sé, quizás Glenn Gould, Marta Argerich, Soundgarden, Los Beatles. Si no les pedimos a ellos nuevo material, ¿por qué sentimos nosotros que tenemos que estar aportando 24/7?. Internet, hoy por hoy, no está más abierto al emprendimiento artístico que hace 4 meses, sino todo lo contrario.


Quizás algunos ya tienen suficientes problemas con sentarse a escribir un trabajo para la universidad o su próxima novela, porque una vez en la silla, todo parece una obligación y no una "zona" creativa ("I am in the zone", y tal). Recuerdo el año pasado, el 2019 (que ya se siente en tono sepia). Aquel año -a principios- dediqué muchas noches después del trabajo para jugar con la guitarra y el pedal de Loop, desde donde nació un álbum conceptual completo. Recuerdo que en ese momento tocar la guitarra y escuchar lo que resultaba de 'clics' y 'clacs' en el pedal era como un baño de tina después de un día de clases, planificaciones y reuniones que bien pudieron ser un simple e-mail. Hoy, el único 'clic' y 'clac' que siento es el de un reloj invisible que me pide a gritos tener los trabajos a tiempo, los posts a la orden del día. Nunca me había sentido tan relajado tocando escalas en el Contrabajo, sin ningún fin específico, sólo allí, flotando. Nadie me las ha pedido, ni siquiera yo.


Creo que la creatividad está incómoda, fuera de sitio, amenazada por cumplir. Pienso que nuestros días están faltos de improvisación, de azar, de contraste. Pienso que por mucho que se está creando, casi no se está creando nada, o al menos nada que pase de las 6 a.m. del día siguiente. Pienso que, quizás, la cuarentena no es un buen momento para difundir, sino para pensar, para dar espacio a la idea en el papel, por allí, acumulándose y esperando como un vino que seguramente gustará más con algunos años de guarda. No tengamos miedo a que la gente olvide a los artistas. Arte es de lo que más hay. Quizás estemos cometiendo el error de saturar a nuestro público de arte pasajera, de rápida factura, de delivery en 30 minutos, de sabor plástico. Dejemos que el público tenga el tiempo de degustar todo lo que ya ha sido creado y poco percibido. Lo sé, no es privilegio de todos quedarse mirando el techo, pero esto no es un panfleto político, es sólo un pensamiento.






Manuel Figueroa-Bolvarán

Licenciado en Música Universidad de La Serena, Chile

Artistic Training Frederic Chopin University of Music, Polonia

Alumnus Global Leaders Institute

Marketing Cultural Global - Kedge Business School, Francia

Estudiante de Magíster en Cultural Diplomacy & International Music - UWS, Escocia



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